De encierros, libros y pasiones

La lectura, entre otras cosas, es una actividad que nos permite sumergirnos en el pasado, dándonos la oportunidad de adentrarnos en el ignoto universo que conforman las vidas, las épocas y los lugares a los cuales no pertenecemos; es decir, la lectura nos abre las puertas para acceder, imaginar, sentir y vivir lo que no nos ha correspondido. A propósito de esto, en estos días de encierro —al que nos ha obligado la presencia de un virus que definitivamente ha desnudado nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad frente a la naturaleza, de la que indudablemente formamos parte, aunque en ocasiones lo neguemos—, he tenido la oportunidad de leer la biografía de dos hombres muy presentes en la cultura occidental. Se trata del pintor renacentista Miguel Ángel Buonarroti y del escritor Oscar Wilde. Se me ocurre que el significante “encierro” podría permitirme asociar lo que estos dos hombres, y un tercero que vendrá luego, Sigmund Freud, podrían decir sobre la pasión por la lectura.

En primer lugar, Miguel Ángel, pintor, escultor, arquitecto; un hombre que no tenía ninguna instrucción formal, pero apasionado por la lectura, sobre todo del gran poeta Dante, cuyos versos —se dice— recitaba y cuyas descripciones en la Divina Comedia muy seguramente lo inspiraron a la hora de pintar sus frescos; igualmente, se sabe que era un lector de Boccaccio, Savonarola, la Biblia, entre otros escritos. A Miguel Ángel, quien padeció varias de las pestes que azotaron la Italia de su tiempo, por supuesto, le tocó encerrarse algunas veces, encierro que aprovechaba para leer y estudiar anatomía. Valga la pena mencionar que el genial pintor tenía fama de ser poco dado al trato con los demás, es decir, le gustaba estar “encerrado” en sí mismo, era más bien solitario, meditativo —neurótico, dirán algunos—. Igualmente, además de la pintura y la escultura, su talento le permitió componer poesía, dedicándole un soneto a Dante. También abordó en sus poemas asuntos muy humanos, como el amor, la belleza la muerte y la creación artística. Sus obras, su pintura y su escultura reflejan el conocimiento que tenía sobre el ser humano, sobre las pasiones, los sentimientos y los deseos; conocimiento obtenido en gran parte, muy seguramente, a través de sus lecturas.

En segundo lugar, se nos presenta Oscar Wilde, “encerrado” en una deprimente cárcel, a la que fue arrojado por el poder, el odio y la hipocresía de la sociedad de su época; cárcel desde la cual clama a uno de los pocos amigos que le fueron fieles: clama para que le envíe libros, que no puede vivir sin los libros, que en esa horrible prisión en la que se halla lo único que lo alivia un poco es la lectura de los grandes escritores a los que ama —entre otras cosas, Dante era uno de sus autores favoritos—. Si algo lo acongojaba, lo afligía, era el pensar que al salir de la cárcel no podría disfrutar de sus libros, perdidos ya, pues habían sido sacados de su casa y vendidos durante el proceso judicial que se le siguió. Wilde, gran escritor, cuyos personajes literarios saben exhibir con precisión todo lo que el ser humano puede encerrar, era un lector voraz; para él, los libros fueron tan importantes como el aire que respiraba, fueron lo único, fuera de sus pensamientos, con lo que pudo llenar los aciagos días del encierro en prisión.

El conocer la pasión de estos dos grandes hombres por los libros, me ha evocado la pasión presente en Sigmund Freud, quien, por lo demás, puede decirse que pasó sus años iniciales “encerrado”, aislado de la ciencia oficial, que no estuvo muy dispuesta a considerar sus observaciones sobre el psiquismo humano, en el que, según él, la prioridad la llevan los procesos inconscientes. Freud, gran lector desde niño, estaba convencido del saber poseído por literatos y poetas sobre la compleja psiquis humana, saber que sobrepasaba, en gran medida, al que poseían los mismos psicólogos; su obra está impregnada hasta la saciedad de referencias a poetas y personajes. Además, su pasión por la historia, la filosofía, la mitología y el arte lo llevó a completar su particular visión sobre el ser humano: la cultura y el malestar que se deriva de ese inexorable vivir del hombre “encerrado” en la cultura.

Son estos tres personajes que nos han legado unas obras grandiosas, tres personajes para quienes la vida sin libros, sin lectura, era inconcebible; igualmente, tres hombres cuyas obras reflejan, a su manera, el haber bebido en las fuentes de la literatura; tres hombres, cada uno en su época, a quienes el “encierro” les fue más soportable acompañándolo con la lectura de sus autores favoritos.

A nosotros, ciudadanos de este apocalíptico siglo, sometidos a un encierro cuyo punto final es incierto, bien puede servirnos de ejemplo el camino elegido por ellos; no deberíamos olvidar que la lectura siempre nos abre una puerta para asomarnos, incluso para viajar y conocer otras épocas, ciudades y existencias tan efímeras como la nuestra, sometidas a los vaivenes de la historia, a las oleadas del destino personal. Quien no lee, desde mi punto de vista, está condenado a vivir en una cárcel peor que la de Wilde, una cárcel sin ventanas ni puertas que le permitan hacerse una idea más amplia de la realidad. Vale decir que la lectura también puede, a quien lo soporte, abrirle la puerta para pensar sobre sí mismo; puede abrirle la puerta para que en un recorrido por sí mismo, interrogue a su Esfinge, formulándole algunas preguntas trascendentales…

Cómo citar este texto siguiendo las indicaciones de la séptima edición de APA:

Ríos Madrid, M. (2021). De encierros, libros y pasiones [Editorial]. Poiésis, (40), 12-13.https://doi.org/10.21501/16920945.4056

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