De por qué estamos como estamos

Si ya sabemos que la llama quema, ¿por qué meter entonces la mano en su crepitar para darse cuenta de ello?
(Jaramillo, 2017, p. 227)

Autor: David Esteban Zuluaga Mesa

Correo electrónico: david.zuluagame@amigo.edu.co

En mayo de 1936 Fernando González publica con apoyo de la librería y papelería La pluma de oro el segundo número de la Revista Antioquia. La Revista, que desde su primer número fue reconocida por su talante crítico, como una revista para vivir a la enemiga —como insistía Fernando— publicó en la sección Panorama de la política interior, un breve artículo intitulado “La universidad, políticos y periodistas” que nos permite comprender el despropósito de patria en el que hoy reptamos.

El loco de Otraparte hace en el artículo una denuncia: “No hay quien forme la opinión pública, o sea, el periodismo está en Colombia en poder de hombres indignos. Hombres indignos también son los gobernantes” (González, 1997, p. 67). Y responsabiliza, renglón seguido a la Universidad, diciendo: “Colombia carece de clase directora, por carecer de Universidad” (p. 67). La denuncia se justifica según Fernando González en una doble dimensión:

Primero, la finalidad para la cual se estudia, a saber: graduarse. “Cuando resulta un haragán y un vicioso en una casa, dicen: ´Que entre a la escuela de derecho…´ la finalidad es graduarse para ser inspectores o jueces” (p. 67). Situación extensiva a las escuelas de medicina a las que se va para ser médicos de formulario; a las escuelas de agricultura en las que se forma para enseñarle a los campesinos a hacer lo que ellos ya saben y, a las escuelas de ingeniería, que fueron buenas hasta que se dieron a la tarea de fabricar gerentes. Y todos con un mismo propósito, según insiste Fernando: obtener un diploma ganalavida.

Segundo, los excelentísimos graduados son los encargados de formar la opinión pública en Colombia: inspectores y jueces haraganes y viciosos; médicos de formulario; agrónomos de ciudad enseñando a podar café a los campesinos; gerentes prestidigitadores, etc., están a la cabeza de los principales medios de comunicación del país (El Diario, La Defensa, El Colombiano, El Tiempo, El Espectador) y vendiendo favores a quién mejor los pague. De El Colombiano, Por ejemplo, señaló Fernando González: “es antro de congresistas del régimen pasado. Están vi-na-gra-dos, macilentos, biliosos. Su oficio es odiar y creerse católicos (…). Oficio de insultar y sembrar odios”. De El Tiempo, dice: “Todos lo conocen. Todos saben que allí pagan; (…) pagan el precio de las conciencias y la libertad con misterios, consulados y gobernaciones” (González, 1997, p. 69).

Y dado que los profesores, los (de)-formadores de los jóvenes estudiantes terminaron siendo aquellos que en lugar de dejar hablar su saber, pusieron por delante su título ganalavida y tres o cuatro amistades (entre las que no puede faltar un cura, un político y un abogado), la ciencia, la donación al conocimiento, la vocación, la disciplina, el amor a la vida y al saber terminaron expulsadas de la Universidad; huérfanos el conocimiento y la vocación acabaron diluyéndose y dando lugar a una caterva de serecillos que desde entonces han caminado de generación en (de)-generación mancillando todo aquello que nos permita un atisbo de pensamiento.

Desde que se publicó aquel número de la Revista Antioquia han transcurrido poco más de 80 años y, paradójicamente, pese a la denuncia de Fernando, todavía hay personas que se preguntan ¿por qué estamos como estamos? (¡pregunta necia!). La respuesta, a la luz de lo que se viene diciendo es simple: porque los petulantes, presuntuosos, estafadores y parlanchines se multiplicaron como ratones (y aun lo hacen), y con ello se incrementó de manera dramática el número de gerentes escindidos del conocimiento, la vocación y el respeto por la vida; se hicieron políticos, sacerdotes, profesores o directores de medios de comunicación y se adjudicaron la honrosa tarea de dirigir, (des) moralizar y (de) formar la opinión pública.

¿Que por qué estamos como estamos? pues pensemos en nuestros gobernantes: ególatras incapaces de ver más allá de lo que les permite su ambición. Torpes para la deliberación, centran sus fuerzas en la gritería, en formular argumentos ad hominem en contra de todos los que no piensen como ellos —en esto tienen gran experticia—; Se jactan de ser virtuosos —en realidad haraganes mojigatos— mientras ocupan más tiempo en preparar la defensa de las demandas que componen su prontuario, que en pensar un minuto en esta aberración de patria ¿Se escapará alguno?

¿Que por qué estamos como estamos? porque, así como en el 36, los (de) formadores de la opinión púbica nos envenenan. Somos un pueblo irascible e irracional, reflejo de los que nos gobiernan. Nos envuelven en dis-putas políticas, que en el fondo no son más que capricho de escolares motivados por la “injusta” decisión de un maestro, de a quien le corresponde llevarse el osito a casa. Mientras el resto de la clase toma posición, por uno u otro, solo porque aquel, durante el recreo, lo acompañó al baño y no habló de su “ca-ga-da”. Los medios no informan, de-forman; conforman bandos pro-algo y hacen de todo lo otro —que no se parezca al mi ególatra y “poderoso”— un despropósito y, más tarde comidilla de redes en las que las personas se matan de deshonra.

¿Y las universidades? Bien, gracias. Emancipadas del saber. Grandes y robustas, creciendo como niños bien alimentados. Un poco frías sí, muchas de ellas socavando el alma. Pero con la firme convicción de que:

Los conductores de pueblos, han sido siempre hombres de hechos, no de palabras; las muchedumbres, ansiosas de vencer y, de glorificarse, no piden razones, sino acciones; una batalla, los seduce más que un libro; la palabra convence; el hecho vence; las muchedumbres, no gustan de ser convencidas, sino de ser conducidas; saben que son un instrumento, y besan la mano que las maneja; aunque esa mano las rompa

(Vargas Vila, 1911, p. 292).

Por lo demás, todo en orden, se ha progresado, se crearon sellos para firmar los títulos ganalavida, cuestión importante, pues, los directores ya estaban empezando a sufrir dolores articulares.

Referencias

González, F. (1997). La universidad, políticos y periodista. En: Antioquia, pp. 67–69. Editorial Universidad de Antioquia.

Jaramillo Restrepo, V. (2017). Poema sin invitación (un discurso po-ético para el postconflicto). Perseitas, 5(1), pp. 224-238.

Vargas Vila, J. M. (1911). Ritmo de la vida. Motivos para pensar. Forgotten Books

Nota legal:

Connor Danylenko. (22 de junio de 2019). Ordenador, portátil, trabajando, casa, ventana. [Imagen de Pexels]. https://pixabay.com/es/photos/personas-estudiantes-universidad-6027028/

Cómo citar este texto siguiendo las indicaciones de la séptima edición de APA:

Zuluaga Mesa, D. E. (2018). De por qué estamos como estamos [Editorial]. Poiésis, (35), 7-9. http://www.funlam.edu.co/revistas/index.php/poiesis/article/view/2987/2242

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